lunes, 17 de septiembre de 2012

Demasiado

Eras demasiaddo
demasiado para mi.
Te trataba como un cristal
en el miedo de dañar tu transparencia
Te olía como a una flor
sin tocarte,
respirándote.

Pero eras frágil y yo torpe
princesa y yo bestia
piel y yo metal.

Un día
Un triste día
la torpeza me tuvo distraído
mi flecha te irió.
La noche nos perdió
y el llanto humedeció.

Eras demasiado
demasiado para mi
allí quedaste
     allí
nunca más te vi
allí quedé
     allí
jamás renací.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Ausencias

Un repasador colgado en la puerta del horno. Un libro en la mesa.
Un plato solo pero rodeado: un cuchillo y un tenedor.
Un árbol se ve detrás de una ventana y un pájaro canta una mañana.
Una sola flor mientras espero la primavera.
Tagore: "la luna llena brilla en mi alma, pero mis ojos ciegos no pueden verla"
Y yo: solo. Rodeado y solo. Poblado de presencias y ausencias.
Solo mientras
                     te alejas
                     me dejas
                     no llegas.

domingo, 26 de agosto de 2012

Nostalgia de tren

Clara amaneció nostálgica. Tuvo un nosabequé: sueño o pesadilla.
Me cuenta que ayer había caminado por las vías del tren.
-¿Se puede ser nostálgica de lo que nunca se conoció?
Le digo que no, pero me sale con no sé qué historia de los espíritus ancestrales y algo de una memoria colectiva que se anuncia en nuestros genes.
-Yo caminaba triste por la abandonada vía del tren. El tren venía de Córdoba y pasaba pueblo por pueblo, como hoy lo hace el Aquidabán en el Chaco Paraguayo, llevando de tornillos a familias, todo lo que esté en el medio.
Gastón recuerda haber visto en la ventanilla al presidente Illía, rumbo a Cruz del Eje.
La pequeña iba de vagón en vagón. Los viajeros la bajaban a las hamacas de los pueblos y la acercaban "a ver la velocidad", junto al maquinista.
El sueño de Clara nunca pudo ser parido. Ese tren dejó de funcionar en 1977 y lo demás fue puro intento.
Por opción o puterío, los trenes en Argentina no vuelven a rodar hasta nuevo aviso.
Los dinteles lloran su madera con chillido de entraña cuando Clara camina por allí. De noche lloran, además, los pueblos idos, niños inocentes que no tuvieron ni voz ni voto en este entuerto. El óxido de la vía le roba la esperanza al sueño que quiso ser, y no fue.
La niña camina triste, cantando camina: "en soledad/ por un sendero ya olvidado/ buscando huellas de otra edad/ signos eternos enterrados" (Elizabeth Morris)

 

viernes, 24 de agosto de 2012

La que presume al malparido

Agosto me ha parecido siempre un mes despiadado y hostil. Tras mi casamiento con la bicicleta miramos a ese mes como malparido, sobresaturado de vientos y de polvo en suspensión.
Para colmo de males el desnudo árbol extraña la hoja y se arrastra llorando invierno. Supo que desprenderse de la hoja era necesario, pero hoy la extraña y el envión no llega a su piel. La primavera no nace y agosto pareciera tener más de treinta y un días. 
Ese antipático, en complicidad con algunos soles, engaña vilmente dos o tres entusiastas brotes y los quema con la helada nocturna.
Pero entre tantos que remamos contra corriente, aburridos de invierno, la bignonia trae la luz. Florece en agosto y llena de anaranjado las casas.
Cuando todo parece muerto, la muy terca nace, presume, crece.

domingo, 29 de julio de 2012

Piedra de infancia

A mi infancia caminante

Las voces que claman me trajeron al exacto lugar donde hace un tiempo estuve. Estoy sentado en la misma piedra donde mi cuerpo de chico estuvo y me pregunto si mis renglones hablarán de ausencias o de presencias.
Me parece increíble tener tan grabadas las imágenes del día en que vine. Cada pisada de paisaje y cada sonido del río salió al encuentro de mi memoria con tanta claridad como salen al encuentro de la memoria de mi abuelo las historias de más lejos, las historias de infancia.

Te hablaré, infancia, te hablaré:
-Sos aquí la gran ausente y la más presente. Te busco en la piedra, te busco en el río, te busco en el sol. Te busco en esos niños que juegan frente a mi, como aquel día en el que el que jugaba era yo. Te busco.
¿Te habrás ido en la piedra, con la última crecida? ¿Te habrás ido en el agua, tras la última sequía? ¿Te habrás ido en el sol para cuidar esa, la piel que me abriga? ¿O tal vez te fuiste en los niños, que poco saben de futuro -o mucho- como sabías tú?
Te busco y no te encuentro, y sin saber cómo, me late la certeza de tu presencia abrazadora, abrasadora.
Un zorzal. Se acaba de posar un zorzal a poco más de un metro. Y canta.
Ahora otro, del otro lado, a casi la misma distancia pero más alto. Justo donde trepabas a buscar peperina aquel día. 
De un lado del río un zorzal. Y en la otra orilla del mismo río el otro zorzal, también cantando. ¿Estarás en el zorzal? ¿Estarás en el canto? 
Empiezo a cantar.
Mi canto es tosco. Más tosco que mi trazo. Pero canto... canto... canto...

"Vete de nuevo hasta el arroyo, 
donde esta tu mejor canto. 
Busca tu raíz
  y dale la caricia a la que siempre espera
la única manera de hacerla que vuelva
a ofrecerte frutos hasta en el invierno" (A.B)

Canto. Volviste en los niños, en la piedra y en el río. ¿Volverás a mi cama cuando se acueste el sol? ¿Sos el zorzal en altura o el otro? ¿Y yo cual soy? ¿Somos ambos, los dos?
Canto. Sigo cantando...

"La otra orilla del mismo río
y en ella acaso lo que quisimos...
a dos orillas el mismo sueño,
que sólo busca la libertad" (T.P)

miércoles, 25 de julio de 2012

Renacen los abuelos/2

¿Curiosidad ante el siempre nombrado rincón del mundo? ¿Unión de eslabón en tensión? ¿Genealogía de filósofo? Clara y su maleta vuelan, haciendo caso al imán.
El abuelo Lito, como tantos hoy abuelos, había partido hacia Argentina mientras el siglo se asomaba y España se secaba. Con un par de bártulos y la certeza de estar económicamente un poco menos peor, subió al barco y casi nunca más volvió.
Lito traía sus pisadas por Valencia en cada ronda familiar. Los relatos se contaban como transfusión de sangre y Clara los abrazaba mientras prometía volver.
Bártulos van, bártulos vienen y así un día ella apareció donde él amamantó.
-Al llegar mi corazón latía sintiendo, latía sonriendo, latía agradeciendo. La transfusión había sido tan exitosa que logré percibir olores y sabores familiares que estaban desde siempre. ¡Los abuelos renacían!
Con lágrima en sus ojos, con lágrima en los míos, Clara cuenta que sólo dos cosas estaban como antes: el pozo y el reloj.
-Una fuente y un tiempo, para volver a nutrir el camino.
No hay tiempo sin agua y el pozo lo sabe: refleja en su espejo "más de cien pupilas donde vernos vivos" El reloj gira, incasable como conejillo de indias frente al queso, siendo testigo de los ojos que el pozo reverdeció.
Clara tiene ojos verdes. ¿Tendrá algo que ver el abuelo, en todo esto? ¿O fue el pozo? ¿O fue el tiempo?

martes, 24 de julio de 2012

La casa fóbica

Por error le hizo ventanas y por acierto nunca las abrió. Los muros de piedra y ladrillo traspasan los tres metros y la casa, fóbica de los olores, colores y sueños del pueblo, parece trasplantada. Fóbica del cerro que en cada amanecer abraza al pueblo, que en cada atardecer se vuelve luz y hace brillar los quebrachos colorados para que duerman, con el último calor, en su falda.
Fobia en muros, fobia en ventanas que espaldan a ese dios de gigante roca, energía de pobladores y atracción de caminantes y fobia de ser vista.
El frente brilla pero nunca veo a nadie. Brillan los vidrios espejo, sin contar ni un cuento del interior. La vereda es puro abandono y el gran patio, que no se ve, también. Lo miro desde la ventana y caen mis lágrimas. Mansión sin verde, mansión sin flor. Mansión sin árbol ni canción. ¿Qué hace aquí la malnacida mansión, foránea en este cuerpo-pueblo, pariendo ajenía?
Casa y pueblo se llevan como perro y gato. ¿Cómo se lleva quien la habita, con los nacidos aquí? ¿A quién teme la única persona que vive adentro? ¿Quién encierra a quien, en esta triste historia?