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domingo, 13 de julio de 2014

Nuestro adobe fundacional

6 de julio
Hace dos años ue empecé a traer los bártulos para venir a vivir a Capilla del Monte. La llegada hizo, de alguna manera, renacer a los abuelos y volver a pisar algunas huellas que mi familia había dejado en sus naceres por este pueblo.
Reemplazar la mugre y óxido por lija, pintura y limpiador fue el camino que buscaron los trazos de aquel entonces.
Hoy, otro nacimiento viene asomándose con el diseño de la casa donde Lau y yo queremos vivir. Para celebrarlo, Ceci, compañera de la misma tierra fértil, nos trae un adobe de su recién nacida casa, para ser incorporado a nuestro alumbramiento. ¡Ya tenemos el adobe fundacional!
Tantos enviones me estremecen: simples, profundos, firmes y amantes ¡Es tiempo de comenzar!

jueves, 19 de junio de 2014

Regresando al blog

Contar encuentros
Contar soledades
Contar... contar...
Pero contar a la brevedad, intentando que no falte ni una palabra, soñando que quede todo armadito para un lector figurado en mi piel: lector que gusta de leer cortito, quedarse rumiando ese poquito y salir, con esos encuentros, con esas soledades, a caminar.
En eso andaba mi blog hace un tiempo y, tal vez, por esas ventoleras que acontecen, no venía saliendo. Yo esperaba el tiempo fecundo para escribir igual y no. El tiempo no llegaba. Los andares reclamaban ser contados de otro modo. Pero no. No le daba lugar a esos modos porque el cerco autoimpuesto, tercamente, marcaba los límites.
El rótulo fue "tiempo de sequía. Ya volverá el aguacero"
Y así fue. La lluvia no llega siempre igual y si espero la misma caída, intensidad y duración, los andares buscarán otros lares y partirán.
Este año llovió. Llovió mucho. Y no paramos de recordar ese envión para pasar el invierno. Comenzó el nuevo tiempo de sequía en Capilla, pero queda mucho por decir de "ese envión".
Retomo los andares, como salgan. Así, como el río Calabalumba retomó su paso por Capilla en el verano: Llevando lo que encontró, contando lo que viene de caminantes anteriores, soñando... soñando.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Aniversario autobiográfico

Hace un año crucé una frontera dejando atrás búsquedas que ya había dejado y canciones que en mi habían perdido entonación, aunque tercamente la habían seguido buscando.
Desde entonces, hasta hoy, fueron callándose ruidos que me mareaban y naciendo sinfonías que me acobijaban. 
Fue en otoño que lo hoja "muriente" abrigaba la esperanza de los meses por venir. Mientras ella caía, los nacidos dijeron de todo: que se lo imaginaban, que se alegraban, que se asustaban, que confiaban, que... que... Y no faltó quien dijo que me condenaría y se condenarían conmigo los chicos que Dios me había confiado. ¡Anacrónico juicio!
Condenado, y condenándome, la vida me tiene a puro encanto en este pueblo, mi Wirikuta, en tierra de abuelos, en suelo sagrado y en amor profundo.
También hoy es otoño.
Belli: "El árbol ha domado mi propio calendario. El ciclo de otros atardeceres"
Detrás de cada hoja barrida, ya veo las nuevas. Laura, cerca o lejos, hace primaveras.

martes, 12 de marzo de 2013

El mielero

Recorre el pueblo cada día con la barba abandonada y los pies sobre el pedal.
-Es un viejo amigo mío -cuenta mi abuelo, mientras golpea fuerte el vidrio para detenerlo.
José Luis me cuenta que la cosecha anduvo medio pobre, que no ha llovido casi nada y que cada próxima gota recuerda el adiós al tiempo de lluvias. Las abejas, desconcertadas, buscan flor y encuentran poco.
-Unos aviones sobrevuelan la zona y hacen unos inventos para alejar la tormenta. Quieren dejarnos sin agua y hacernos partir.
No hay certeza de que lo logren. A José Luis lo entristece que haya gente que sea así.
-Pero ando bien. Fui siempre pobre y un año más lo volveré a ser. Ando bien amigo, ando bien.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Cosas de abuelo

Al final del viaje la vida se va encogiendo y se resume en unos pocos relatos.
-¿Te conté la historia de...?
No más de veinte son las historias que cuenta mi abuelo, y algún que otro cuento que lo hace reír. El resto es silencio y un "adiós" desde la vereda a cada vecino. Entretanto, se entretiene pintando los colores que un día vio.
Paso horas de mi vida arreglando la casa e imagino que le interesa verla linda. Mira todo pero observa sólo los rincones que habita: el vidrio de la ventana, la vereda, el cerco y algún agujerito por donde entra el chiflete que lo tiene con abrigo.
Dicen por ahí que los viejos necesitan sólo un puñado. A ese puñado lo necesitan mucho.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Aromas en el vidrio


Tras años de abandono, los grasientos y malheridos vidrios de la casa, llenos de tierra y poblados de arañas que cruzan de punta a punta por su telar, recuperaron su transparencia.
Han pasado algunos meses y la restauración de rincones viene viento en popa. La abulia era tal que no se reconocían los materiales. Hoy ya varios hasta presumen. Pero el dato más interesante me llega por los vidrios. He terminado de someter sistemáticamente al desabrigo a todos y a cada uno de los doscientos trece vidrios. Ni uno de los otros materiales llaman menos la atención al ser restaurados. Sólo los vidrios logran algo mágico. En ese momento salen del centro y abren el pecho. Gracias a que se los ve menos, nace el misterio mágico de la comunicación.
El exterior, paseante cotidiano de las veredas, reconoce a ese precedente testigo del olvido y ve recostar al sol que se mete sin aviso ni permiso.
El interior más fecundo cuenta y canta:
-Tras la siembra y algunos partos, tengo la casa fragante, con aroma de mujer.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Los rincones quebrados

Con la casa no termino más. Hace meses que trabajo cuatro horas por día y siempre queda algo por mejorar y reparar.
Mientras pinto a veces pienso en tener un día una casa propia y miro cada vez con más cariño las casas abandonadas del lugar: la pintaría de estos colores, comenzaría por esa ventana que está tan tristemente olvidada y seguiría por allí, para devolverle la luz interior que le está faltando.
Poco a poco, a ritmo de músicas y pinceladas, lo de afuera contagió a lo de dentro. Los rincones quebrados, dolidos y olvidados, las esquinas con telarañas y el óxido carcomiente de esa gota que cada lluvia mojaba allí, hoy están sólo en la cátedra de historia.
La reciente foto captó cómo barniz y pintura reflejan la flor que en primavera parió.
Brilla lo olvidado y refleja, gozosamente, todo eso que nació.
¿Quién habría imaginado que ese encuentro con lo otro, que ese acercamiento a lo abandonado, sería un encuentro con mi nombre y mis sueños?

Esa terquedad para parir





Ese árbol no se fue de mi cabeza en todo el día. ¿Cuántos son esos troncos que suben y vuelan tan alto? ¿Cuántas esas hojas que susurran con el viento? ¿Dónde se le ocurrió nacer? Miro al suelo y no hay teoría de tierra fértil que resista. Semejante gigante saca literalmente agua de las piedras. ¿Qué puede ofertar la pura piedra? ¿Qué terquedad le hizo nacer allí, cuando había tanto suelo para parir?
El imponente me invade, me sacude y promete quitarme el sueño: donde todo parece infértil, la vida nace, nace... y nace.

domingo, 26 de agosto de 2012

Nostalgia de tren

Clara amaneció nostálgica. Tuvo un nosabequé: sueño o pesadilla.
Me cuenta que ayer había caminado por las vías del tren.
-¿Se puede ser nostálgica de lo que nunca se conoció?
Le digo que no, pero me sale con no sé qué historia de los espíritus ancestrales y algo de una memoria colectiva que se anuncia en nuestros genes.
-Yo caminaba triste por la abandonada vía del tren. El tren venía de Córdoba y pasaba pueblo por pueblo, como hoy lo hace el Aquidabán en el Chaco Paraguayo, llevando de tornillos a familias, todo lo que esté en el medio.
Gastón recuerda haber visto en la ventanilla al presidente Illía, rumbo a Cruz del Eje.
La pequeña iba de vagón en vagón. Los viajeros la bajaban a las hamacas de los pueblos y la acercaban "a ver la velocidad", junto al maquinista.
El sueño de Clara nunca pudo ser parido. Ese tren dejó de funcionar en 1977 y lo demás fue puro intento.
Por opción o puterío, los trenes en Argentina no vuelven a rodar hasta nuevo aviso.
Los dinteles lloran su madera con chillido de entraña cuando Clara camina por allí. De noche lloran, además, los pueblos idos, niños inocentes que no tuvieron ni voz ni voto en este entuerto. El óxido de la vía le roba la esperanza al sueño que quiso ser, y no fue.
La niña camina triste, cantando camina: "en soledad/ por un sendero ya olvidado/ buscando huellas de otra edad/ signos eternos enterrados" (Elizabeth Morris)

 

domingo, 29 de julio de 2012

Piedra de infancia

A mi infancia caminante

Las voces que claman me trajeron al exacto lugar donde hace un tiempo estuve. Estoy sentado en la misma piedra donde mi cuerpo de chico estuvo y me pregunto si mis renglones hablarán de ausencias o de presencias.
Me parece increíble tener tan grabadas las imágenes del día en que vine. Cada pisada de paisaje y cada sonido del río salió al encuentro de mi memoria con tanta claridad como salen al encuentro de la memoria de mi abuelo las historias de más lejos, las historias de infancia.

Te hablaré, infancia, te hablaré:
-Sos aquí la gran ausente y la más presente. Te busco en la piedra, te busco en el río, te busco en el sol. Te busco en esos niños que juegan frente a mi, como aquel día en el que el que jugaba era yo. Te busco.
¿Te habrás ido en la piedra, con la última crecida? ¿Te habrás ido en el agua, tras la última sequía? ¿Te habrás ido en el sol para cuidar esa, la piel que me abriga? ¿O tal vez te fuiste en los niños, que poco saben de futuro -o mucho- como sabías tú?
Te busco y no te encuentro, y sin saber cómo, me late la certeza de tu presencia abrazadora, abrasadora.
Un zorzal. Se acaba de posar un zorzal a poco más de un metro. Y canta.
Ahora otro, del otro lado, a casi la misma distancia pero más alto. Justo donde trepabas a buscar peperina aquel día. 
De un lado del río un zorzal. Y en la otra orilla del mismo río el otro zorzal, también cantando. ¿Estarás en el zorzal? ¿Estarás en el canto? 
Empiezo a cantar.
Mi canto es tosco. Más tosco que mi trazo. Pero canto... canto... canto...

"Vete de nuevo hasta el arroyo, 
donde esta tu mejor canto. 
Busca tu raíz
  y dale la caricia a la que siempre espera
la única manera de hacerla que vuelva
a ofrecerte frutos hasta en el invierno" (A.B)

Canto. Volviste en los niños, en la piedra y en el río. ¿Volverás a mi cama cuando se acueste el sol? ¿Sos el zorzal en altura o el otro? ¿Y yo cual soy? ¿Somos ambos, los dos?
Canto. Sigo cantando...

"La otra orilla del mismo río
y en ella acaso lo que quisimos...
a dos orillas el mismo sueño,
que sólo busca la libertad" (T.P)

martes, 24 de julio de 2012

La casa fóbica

Por error le hizo ventanas y por acierto nunca las abrió. Los muros de piedra y ladrillo traspasan los tres metros y la casa, fóbica de los olores, colores y sueños del pueblo, parece trasplantada. Fóbica del cerro que en cada amanecer abraza al pueblo, que en cada atardecer se vuelve luz y hace brillar los quebrachos colorados para que duerman, con el último calor, en su falda.
Fobia en muros, fobia en ventanas que espaldan a ese dios de gigante roca, energía de pobladores y atracción de caminantes y fobia de ser vista.
El frente brilla pero nunca veo a nadie. Brillan los vidrios espejo, sin contar ni un cuento del interior. La vereda es puro abandono y el gran patio, que no se ve, también. Lo miro desde la ventana y caen mis lágrimas. Mansión sin verde, mansión sin flor. Mansión sin árbol ni canción. ¿Qué hace aquí la malnacida mansión, foránea en este cuerpo-pueblo, pariendo ajenía?
Casa y pueblo se llevan como perro y gato. ¿Cómo se lleva quien la habita, con los nacidos aquí? ¿A quién teme la única persona que vive adentro? ¿Quién encierra a quien, en esta triste historia?

domingo, 22 de julio de 2012

¿Calor de envión?

¿Calor de envión? ¿Color de escoba nueva? ¿Olor de árbol enamorado, sentado en estación de tren un 20 de septiembre, esperando ver llegar en el primer vagón, en la tercera ventanilla, a su amada primavera? ¿O es quizá el momento exacto donde gritan sorpresa mientras nace el festejo de cumpleaños sin aviso?
Me pellizco hasta el pezón para preguntarle a mi piel si toda esa gente me saludó en la vereda del pueblo. ¿Qué le anda pasando a los transeuntes de estos pagos, que saludan al pasar? ¿Qué bicho les picó para darse ese lujo en estos tiempos de auricular y hormigúmanos en cruce peatonal?
Dígame usted, pellizcón de pezón, si es sólo encanto de envión este abrazo en voz, este asombro de pueblo chico, este saludo de vereda del último que pasó. Dígame usted, pellizcón de pezón.

lunes, 16 de julio de 2012

Renacen los abuelos

Es del 22 y es más lo que calla que lo que dice. Pero con tanto paso recorrido dice más el que calla que el que dice.
-Me fui a Buenos Aires. Hablé con tal y tal. Faltaba un papel y tuve que volver. En ese tiempo ir a Bueno Aires era todo un acontecimiento. Finalmente Elsita y yo conseguimos el crédito del hipotecario e hicimos la casa.
Elsita murió hace veinte años, cuando yo era niño y pisaba estos suelos para verla y para ver al señor del 22. Viajar a la casa de los abuelos era viajar a jugar.
Julio del 2012 y yo con 32. Oscar ya cruzó los noventa y la abuela tendría ochenta y siete. Los abuelos están por todas partes. Pinto las rejas y en ellas los veo dibujados. Lustro los pisos y en ellos los veo brillar. Cocino y oigo aquel llamado de la abuela para almorzar. Y escucho el silbido tanguero del abuelo cada vez que recorro la vereda.
Mientras el abuelo atardece, la casa me abraza. Me abraza él y me abraza ella. Mi sangre fluye llena del presente y llena de mi infancia por estos pagos. ¡Es tiempo de callar! ¡Es tiempo de jugar!