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martes, 13 de noviembre de 2012

Las cajitas, tras la lluvia

Papá era pediatra y cuando niños nos traía cajitas de medicamentos que con plasticola, tijera y fibrones convertíamos, al instante, en edificios de los más variados que puedan imaginar.
Los entusiasmos y un rincón arquitectónico heredado de mamá, nos llevaban a convertir cajitas en grandes rascacielos.
Mientras vuelvo al pueblo donde nacieron sus primeros pasos el pediatra y la arquitecta, los rascacielos de las ciudades se vuelven ajenos.
No sé bien por qué, un día al madrugar, recordé aquel espíritu constructor. Justo había caído una gran tormenta y las cajitas no resisten tanta lluvia sin desplomarse. Al parecer, dijo Clara, no resisto yo tanto edificio sin desarmarme.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Esa terquedad para parir





Ese árbol no se fue de mi cabeza en todo el día. ¿Cuántos son esos troncos que suben y vuelan tan alto? ¿Cuántas esas hojas que susurran con el viento? ¿Dónde se le ocurrió nacer? Miro al suelo y no hay teoría de tierra fértil que resista. Semejante gigante saca literalmente agua de las piedras. ¿Qué puede ofertar la pura piedra? ¿Qué terquedad le hizo nacer allí, cuando había tanto suelo para parir?
El imponente me invade, me sacude y promete quitarme el sueño: donde todo parece infértil, la vida nace, nace... y nace.

lunes, 29 de octubre de 2012

Piezas de museo

Fóbicos a los contratos abusivos  y amantes del trueque como abrazo de comercialización, Nico y Jesi creen que las ciudades deberían convertirse en museos.
De corazón sentipensantes, como diría el gran Eduardo, dejaron a espaldas el hormiguero humano de Buenos Aires, cargaron en sus hombros un par de bártulos y clavaron su estaca en José de la Quintana, que no fue santo, aunque el cartel diga que sí. Cerca de 800 habitantes lo habitan y lo respiran cada amanecer, un 0,00533% de aquel Buenos Aires que Nico y Jesi dejaron atrás.
Mientras renacen, construyen su casa de barro, arman con latas y cables redes libres para que el pueblo pueda acceder a internet.
Lo cuentan más o menos así:
-La conexión va de nuestra casa a la casa del Cholo, que tiene 80 pirulos, de ahí a lo de la maestra de la escuela y de ahí a lo de la flaca. De ahí hasta allí y cruza de pueblo a San Agustín, que sí fue santo, según dicen.
Nacen de nuevo cada día, antes de morir. Nacen, esas piezas únicas, casi de museo, mientras Quintana renace ¡libre!

martes, 24 de julio de 2012

La casa fóbica

Por error le hizo ventanas y por acierto nunca las abrió. Los muros de piedra y ladrillo traspasan los tres metros y la casa, fóbica de los olores, colores y sueños del pueblo, parece trasplantada. Fóbica del cerro que en cada amanecer abraza al pueblo, que en cada atardecer se vuelve luz y hace brillar los quebrachos colorados para que duerman, con el último calor, en su falda.
Fobia en muros, fobia en ventanas que espaldan a ese dios de gigante roca, energía de pobladores y atracción de caminantes y fobia de ser vista.
El frente brilla pero nunca veo a nadie. Brillan los vidrios espejo, sin contar ni un cuento del interior. La vereda es puro abandono y el gran patio, que no se ve, también. Lo miro desde la ventana y caen mis lágrimas. Mansión sin verde, mansión sin flor. Mansión sin árbol ni canción. ¿Qué hace aquí la malnacida mansión, foránea en este cuerpo-pueblo, pariendo ajenía?
Casa y pueblo se llevan como perro y gato. ¿Cómo se lleva quien la habita, con los nacidos aquí? ¿A quién teme la única persona que vive adentro? ¿Quién encierra a quien, en esta triste historia?

domingo, 22 de julio de 2012

¿Calor de envión?

¿Calor de envión? ¿Color de escoba nueva? ¿Olor de árbol enamorado, sentado en estación de tren un 20 de septiembre, esperando ver llegar en el primer vagón, en la tercera ventanilla, a su amada primavera? ¿O es quizá el momento exacto donde gritan sorpresa mientras nace el festejo de cumpleaños sin aviso?
Me pellizco hasta el pezón para preguntarle a mi piel si toda esa gente me saludó en la vereda del pueblo. ¿Qué le anda pasando a los transeuntes de estos pagos, que saludan al pasar? ¿Qué bicho les picó para darse ese lujo en estos tiempos de auricular y hormigúmanos en cruce peatonal?
Dígame usted, pellizcón de pezón, si es sólo encanto de envión este abrazo en voz, este asombro de pueblo chico, este saludo de vereda del último que pasó. Dígame usted, pellizcón de pezón.